Fundación Argentina para la Poesía

AGUDO, MARÍA ADELA
A UN JOVEN
Han pasado siete años.
Tú eres rubio y con risa de plata,
con un extraño impulso de altura que me dejaba sola,
con un enorme hecho de presentimiento.
Ah nombre que me llenó de dicha.

Después partimos alborozados a la vida
henchidos de ignorancia, sin fatalidad,
con libros y frutas por ciudades en vigilia,
acompañados de ciegas, de alocadas criaturas tan
desprevenidas como nosotros.

¿Tú viste acaso playas de asombro, sirenas fluviales, barcos?
¿Qué mujer te esperaba esfinge o graciosa, qué escultura?
Yo vi las montañas, eran increíbles con jinetes de mujeres
de silencio.

Corté penachos de agua en los manantiales,
lavé guijas para asir su rosada luz;
pero el perfil de las cimas me recordaba tu alejado corazón.
Qué breve es el bullicio
la sonrisa que llena el ditirambo.

Quién te esperaba como a tus versos locos
niño, exaltado adolescente, fugándose,
o tú, casi amor, sencillo, tonto, sin comprendernos.
Ah, qué bermejos luceros brillaban en tus labios,
cómo están llenos de lumbre y de júbilo tus brazos.

Eran más tuyas las palmas, más te embelesaba la aurora.
Las preguntas cantaban mejor que los besos,
la marcha, la carrera, la música, la fraternidad.
Qué querían tus discursos y deportes
que no tenían nada del temblor de la tertulia,
de las tiernas pestañas olvidadas.
No obstante, tu corazón qué espléndido con rumor de
ceibo, con claves de candor.
Yo lo oigo palpitar en la empresa entre plazas y caminos
aún en el renacer cuando se da sin miedo palabra y
juventud,
cuando se ama la rara muerte.
Arrojar la saeta a un pájaro y no matarlo premeditadamente,
chapotear el agua con caprichos y reflejos,
pies desnudos de piedra que se detiene.
Por qué tener unos años más que tú
para qué tanta mujer que me dejaba solitaria
con el niño eterno que jugaba en ti.
¡Joven, goloso de guindas, de asombro, de infinito,
nada más, ah, me duele tanto!

Para qué ser coqueta, por qué la apostura de mis tobillos.
Ay, desconocido y sin embargo Dios te destinaba para
nosotras
o en tu nombre había un temblor inmenso,
un arresto de semidiós, adivinaciones de titán
y algo más, cerca de un imposible, de un acaso revelable
ilusiones de ruiseñor, fantásticas escalas de porvenir.
Te sentías sufrido, fabuloso con los héroes, plantado en los
vergeles del mundo, en la llanura del espacio,
en una ausencia inefable porque las lianas no llegaban a tus
ojos de recato celeste;
eran las maravillas como lianas edénicas que aún no
llegaban a lo alto de cedro.

Retorna a mi eternidad, a mi nudo con el cielo,
yo no soy como tú,
vuelve a mi soledad, donde estamos ataviadas de distancias
seductoras de tu última risa.
Porque yo no tengo aún hijos de sangre
y tú eres para mí un hijo hermoso y el niño y el hombre,
para mí la niña, la madre viva.

Hoy vuelvo a verte rubio como los girasoles
brillando!, tenue y rudo.
Ya no te recuerdo, creo que no has crecido
que eres sólo un efebo sin tiempo.
Mira pasar las mujeres que se transforman,
habla con las vírgenes que atisban el hogar de las rosas,
no oyes venir la memoria, no amas aún la muerte.

Una vez levantaste una muchacha a través del riacho,
otra, te ocultaste en un risco
y luego vimos la sorprendente adolescencia
que quise desnudar tu torso para admirar los músculos
donde aromas y trinos hubiese resbalado.

Qué arrogante la ascensión de tus promesas,
qué deleitoso el tránsito de tus sueños.
Ya te siento llegar hasta el pie de los ángeles
con ojeras, como la sombra del sicomoro,
con heridas antorchas.
AMOR
Creo que tienes celestial el vaso
Amor. Que vives dulcemente
en los luceros blancos del naciente
y en los otros azules del ocaso.

Jazmines de claror prende en el raso
de su ilusión, la noche refulgente
por cada rosa que en la tierra siente
unir al vaso del amor su vaso.

Aquí, cuna de rimas, la palabra
como a un niño pulido, dulce y terso
mece la flor de música que labra.

Y las estrellas caen en el verso
hasta que el sol con sus fulgores abra
la corola total del universo.

(Entregado por Nicandro Pereyra y publicado en El Liberal, del 25 de
enero de 1981)
BIENVENIDA
La vez que llegues a mi tierra, hermano,
no atiendas no al aroma que sencillo
envíe a tu alma rústico un tornillo
o las maderas del vagón cercano.

No mires no, tampoco, al cielo aldeano
con leves lunas y pausado grillo.
Atiende al canto, atiende al estribillo
que con amor te brinde algún paisano.

Porque sólo en el campo te reciben
con esa loa de silencio y vida
sin conocerte, sin pensar quién eres,

sabiendo que en tus voces se aperciben
ocultos ritmos, vibración florida,
que nos dirán lo mucho que nos quieres.
CANTO A SIGFRIDO
Te invoco
en el primer despertar de mis ideales,
entre los héroes míos, extranjero.
Te preferí a los hombres de mi tierra
porque eras rubio, desconocido y muerto.
Eras tú lo perfecto, lo imposible;
el padre sin rigor y la niña sin culpas,
el brazo de la vida sin vejez y sin muerte
para la larga, sola e imperfecta cima.
Oh padre!
Te quise más que a Dios por tu herida y tu sangre,
por el cierto suicidio y tu orfandad celeste.
Eras para la cantinela del agua;
como ella suave, como ella vagabundo.
Anillo de las fuentes, ronda del río,
curva alta y celeste.
Eras para el aire divino de pájaros y augurios
y todo para la letra que ellos gorjeaban!
Eras para la tropa cristalina de los Eddas,
para esa mujer por el soñar abandonada!
Eras para el fuego y su catastrófica saga
y fuiste antes del mar, de la montaña,
antes que el todo.
Trompeta de fuertes rumores, música ensimismada,
Sigfrido, nombre de hielo, hermoso y muerto.
Sigfrido, pájaro, mar madre del cielo.
Sigfrido de blancas mujeres, de cabello isleño,
de nocturna mirada cayendo en el sino.

Tú que tuviste un hijo rojo como las fresas,
con la pequeña magia de guardados oseznos,
eras para el círculo encerrado de los hogares,
para ser guardado y recogido entre los arcángeles.
Nevada de exactitudes, blanda caricia de jazmines,
yo te recuerdo entre la sangre de las épocas
con tu arrogante ejemplo, tu soledad y tu discurso.

Era natural el orgullo de tu fuerza,
vibraba tímido tu dulce augurio.
El hombre es más que el tiempo porque se recuerda y se
duele,
porque tiene hermanos, enemigos y triunfos.

Si resucitaras entre rocas construiríamos torres
y no irías de pieles ni de combates vestido.
Deja las terribles mujeres, las celosas profetisas y sígueme
por los pórticos dulces de sol iluminados,
por las rítmicas olas del río y del tiempo.
(De AGON, 1953)
CANTO AL HOMBRE DEL BOSQUE
En el aduar fijo del bosque
eres un árbol nómade.
De la tierra escuchaste
anuncios y revelaciones,
en las obras, las picadas de Dios,
y en las picadas, las abras de los hombres,
Por ello conociste las prisiones del agua,
el rumbo y el descanso del carro de los vientos.

Aprendiste de los pumas y jaguares el sigilo
y de los árboles el elevado arresto.
Al par que los quebrachos
hendiste lentamente el aire de los años;
(el árbol se hizo hombre
y tu carne quebracho)
mientras que bejucos o helechos de leyendas
te unían las manos y los sueños.
Cuando, en días aciagos,
del nadir al cenit volaron gritos,
con el árbol alzaste el pecho de los fuertes
para tomar al sol entre los brazos
hasta quebrar las hachas de la muerte...

Habías hundido las raíces
hasta tocar la napa hondísima y fresca de los mitos
y, como ha mucho tiempo, tus mayores,
tatuaban en los troncos los fastos de las gestas,
ya tenías grabada de historia la corteza.

Luego, en soles de calma,
te pusiste a dar sombra y leña,
para que tuvieran descanso y calor las libertades;
con rebeldes taninos aderezaste los sueños de todos los
hombres
para la hermandad,
y alzaste la hoguera
para que el fuego del amor penetra en los leños
que habían de dar los carbones de la paz.
Entonces, comenzaste a soñar...;
sólo cuando una brisa de coplas
pasaba por entre el ramaje de tus brazos
esbozabas un susurro,
o cantabas bien alto como los pájaros del bosque
llamando a los amigos y a la amada.
A veces, la luna te besaba los ojos,
o las flores del aire se posaban en el balcón de tus hombros,
o una vidala te arrullaba...
Tres mujeres te amaron:
-una luz de tu carne-
-la otra carne de árbol-
y la tercera luz y carne tuya y los árboles.
La mujer, la guitarra, la caja.

Por la caja trabajaste la tierra
en los obrajes y los algodonales,
puesto que ella te exigía el tributo del dolor y el esfuerzo
y un collar de lamentos de hombres y de árboles,
que tú hirieras un árbol y que otro hombre te hiriera
porque, sin la sangre llorada
y el capullo que nieva,
no te hubiese prodigado el regalo de sus lágrimas.

Después buscando un descampado
invocaste la rosa de los vientos
y encordaste la guitarra con los
horizontes de oro viejo de los ocasos
y con los horizontes de plata nuevita de las madrugadas;
con ésta al brazo,
por los caminos del viento norte,
te fuiste a conocer las pampas y los llanos...

Finalmente, con la mujer, reposaste,
porque ella había labrado un nido con el plumón de dos
corazones
para que viniesen a dormir las hazañas,
las vidalas,
los pichones de los gajos y cantos nuevos
y para que se hiciese otra vez el misterio, el silencio,
en el bosque y en tu rostro.
EL INDESTINO I
Tú me viste
descubierto
la hondura de mis ojos
y mis lentas sonrisas
y recibiste
mi mensaje de rimas.
Sin embargo
impíamente
construiste otra ciudad
de mil rosales.

El indestino
era un instante,
lazo entre los ángeles
anillo de palomas.
Porque no adivinaste
ni azoraste mi sueño
echando a volar pasos.

(Inédito. En Cuaderno N 3, pág. 41).
EN LA DANZA
Estoy danzando alrededor del día
en un césped de júbilo sonante,
mujer sin cuerpo, mito alucinante
que visita la tierra de armonía.

Y no soy tuya, soy la fantasía
del tobillo más leve y más flotante
que vuela al aire lúcido y brillante
con la imagen fatal de la alegría.

Bailo inmóvil y siento presurosa
que bajan por mi brazo los maizales
de la lluvia infinita y vaporosa,

que corren las canciones a raudales
besando la llanura cadenciosa
que por mí, gira llena de zorzales.

(Este soneto, con el título: SOLEDAD, se publicó inicialmente, con ligeras
variantes, en: ZIZAYAN N 2, Diciembre 1944, La Banda).
INTI YACU
Inti Yacu: Aguas del Sol. Linfas sagradas.
Las tinajas del mito las lloran con vehemencia
en un brotar perenne de lágrimas aladas
que vierten en el día su ritmo y transparencia.

¿Qué llamear se desata?
¿Qué fuente opresa canta su libre advenimiento
a la gloria solar de la tierra alumbrada?

Alguna estrella hundida les da sin duda aliento
con su fuego de plata;
o es la leyenda misma que con su mano dorada
llena de surtidores la arena enfabulada.

El Sol, arquero invicto de los llanos,
que dibuja con fuego sus rumbos soberanos
y que labra con luces sus flechas y plumajes,
aquí bañó su cuerpo con oro de tatuajes;
aquí dio cobre al pecho,
y a los miembros y manos sus bronces y ardimientos
para vencer al río que era un puma en acecho
y disputar carreras al jaguar de los vientos.

Inti Yacu: agua en pujante sino
que es el sino del Sol. El Sol es su destino,
de todo surgimiento en su luz se libera
con un suelto flameo de astro o de bandera.

(Nota: INTI-YACU, llamaban los indios a las fuentes termales de Río Hondo)
LA MÚSICA
Como la música me trae a los niños
su dulce salto de rayuela,
su regocijo y me libera
del silencio, del poema.

No es como mi cuerpo
lloroso y enternecido,
la música es pura
sin heroísmo ni carcajada.
Pollera del iris.
Vocales que yo explico
entre las notas infinitas.
Romboide.
Una estrellada línea.
Una larga horizontal en tres distancias.
Bandera en el prisma.

Altiva como el cielo.
Clara como el lugar de los follajes.
Como un reloj sin muerte.
Como un fruto en la falda.
Como un abrazo extendido
o en súplica.

Armonioso mañana
multánime discurso:
eternidad o coro
todas las voces por la sangre.
Caracol deslumbrante.
Cuando la danza olvida
y las rizas esperan,
su voz viene del alba,
del agua y los estanques,
de la flor y la tierra.

Oh pañuelo olvidado, castañuela, deliquio.
Oh primer galanteo, de suspirar divino.

La octava prodigiosa, ardiente, negra.
El nocturno y el ritmo.

(Publicado originariamente en Angulo, de Salta, enero de 1946).
LA OTRA AMANTE
I

La otra amante me hería
paisana, ave de lluvia o espejismo,
la diosa de los trinos, la sin lágrimas.
Porque le cortejaba
su talle era de espumas infinitas
y sus inexorables trenzas de amor con moños de hojas eran
la dicha.

Cuando lo amé nació una niña en las cunas de mi casa,
una niña de capullos y esmeraldas.
Nada me dio el prodigio, ni mi alegría de juguetes,
ni el encanto del cosmos, ni el azoramiento tan feliz de las
crisálidas.

Pues vi pasar una gitana con un cestillo sin muñecas,
una espectral gitana con los vestidos apagados y las ajorcas
muertas.
Por los quebrachos con su orfandad enorme
entre las tuscas, como verdes muchachas regordetas,
por el monte salvaje y delicado le seguías
por el aire de sus sendas candoroso de boyeros.


II

Ya volvías al sueño.
Era tu engaño, poderosa.
Me dejaba delirando siemprevivas
la ausencia de él a los quince años,
la tristeza de las mieses, la agonía de las arpas,
la terrible y última rebeldía de las silvestres coplas
donde mi progenie apuñala su propio corazón y sus cristales.
Y tú con él, a solas, en las frutas,
entre los cántaros y los adornos de la luz,
entre los hombres y sus hijas le besabas.

Pero en la noche de los cactos lilas,
aquellos que ofrendan el tiesto irreal de los florones
milagrosos,
cuando las leyendas de la noche llenan de estrellas el buche
de protervos pájaros,
en el silencio sin la clave de una luciérnaga,
allí sabré tu nombre o muerte o vida.
LA SANTARRITA
La santarrita, su vestido extraño
sobre el patio callado y soledoso
me recuerda las niñas sin esposo
en la casona familiar de antaño.

Tardía floración sin desengaño
me viste el corazón con alborozo
y me renueva al estallar el gozo
de lo esperado siempre, año tras año.

Compañía irreal cuando a deshora
no sabiendo por qué la dicha llega
con su tarda presencia vencedora.

Y tan fiel al color que la enamora
su recatada gloria nos entrega
lo que ya nunca por infiel se llora.
LAS CIGARRAS
Se adueñan del verano
Cual miríadas de pequeños meteoros
Que cavaran el aire.
Y no oís
ni las suaves epifitas respondiendo al insecto
ni las lianas techando el mediodía.
No quieren la salud
de sus buenos cantores,
les barrenan las células suaves.
Cigarrales del bosque,
Micas arrobadoras, perversos milagros.
Rapsodas de la tierra:
por cada vocinglera una hoja muriendo
un silencio en el pasto.
Si al menos cortase mi ventana
vuestro continuo rezo.
Mas ni chales espesos ni vidriados azules
han de cubrir los élitros.
Amanecer de otoño:
volved a los rapsodas
el descanso perenne.
POEMA
Tiene esta plaza distante, misteriosa
mi noche como nunca
llorada bajo el siglo

Bajo la soledad hermana de la tierra
bajo el amor de las acacias
y la angustia del mirto.

He llorado esta noche sobre el mar.

Por esto
que es todo lo que llevo y no está,
por lo que cada vez y siempre
me ahuecaba en este banco desierto.

bajo la comba augusta
se inclina mi cabeza,
entre el vitral humeante de la niebla.

Su ola tenue ahoga las luces despiertas
las palmeras se esfuman
en abanico de ceniza eterna.

Espíritu de agua.
Piel húmeda y lenta.
Catedral de sendosos pilares
sobre mi sangre ciega.

(Inédito. En Cuaderno N 2, pág. 139).
POEMAS PARA TU VOZ
Entre el alba y los ceibos
amo tu voz interminable,
resalada, resinosa, de elemental aroma.

En tu joven garganta llena de astros,
llena de alegre trébol,
beso tu voz perfecta
que me llena la piel de ingenuas malvas,
de pichoncillos, de mosquetas

Tu voz, espacio donde crece
el trigo azul para mi verso
y el azul algodón de mis silencios;
tu voz con dos eternidades:
eternidad de frutas y de flor del aire;
tu voz que calla soledades
para nombrar aldeas y mujeres y garzas.

Oh voz libre, sin vaso, sin metro
sólo cabe en guitarras y en las suaves orejas.
PRESENCIA DE LA CARNE
Sube en mí tu presencia
como la luna llena.

Mujer de clara sangre
y de palabra lenta.

Se enciende en el silencio
la lealtad de tu carne.

Tu perfil gravemente
va invadiendo la tarde.

Nada es tuyo en tu cuerpo
toda eres del aire.

Eres toda del tiempo
y toda del paisaje.

Pura lección del ala
liviana flor del trino.

Mi señora, la alondra
y mi Señor, el mirlo.

Amazonas del viento
señoritas del agua.

Golondrinas y libélula
sobre el juncal de plata.

Amor y muerte danzan
en torno a tu mirada.

Junto a tu frente alta
muerte y amor resbalan.

Verdes fríos de menta
y ardores de canela.

Tu presencia me inunda
como la luna inmensa.

Dignidad de la forma
bajo la luna quieta.

Plenitud de la carne
cortesía perfecta.

(Inédito. En Cuaderno N 1, pág. 154)
REPROCHE PARA UN LAGO SIN SOL
Ocultaste tu sol, no tus riberas
nublado río de las lentas costas
en el primer encuentro remo a remo
oscuras fueron tus dormidas olas.

Como tu piel mi piel no se ha quemado
sino de nubes y de oscuras tierras
no del sol que desplaza entre las nubes
la cobreña tracción de sus aletas.

Me ocultaste la luz, las lejanías
instándose a pasar en las saucedas
querías que llorara suavemente
recuerdos de naufragios o de guerras.

Y ya no quiero juncos en mis voces
ni terebintos ni abrazadas breñas
ni que fueran tus bardos inocentes
los que abrieran el cofre de tus gredas.

Quería en mi vagar tu sol más joven
con la última lazada de tus flechas
y oponer mi pujanza irreverente
sobre el inicuo horror de las peleas.

Para henchir el recuerdo de tus islas
con la lágrima roja de las gestas,
prepárame un encuentro sin otoño
pleno de cobres en las verdes selvas.

(Entregado pon Nicandro Pereyra y publicado en : El Liberal, del 2
de enero de 1982).
SONETO CON LA FIGURA DE LA PATRIA
Al señor Alejandro Gumuscio Harriet


Estrellas desplegaron tu figura
albo predio, palomas musicales.
Esperanza de míticos rosales
que el aura de los sueños transfigura.

Dilecto ramo de la mies futura
en vientos paralelos, inmortales,
por donde cruzan ángulos iguales
para unirse o fugar, piedra y hondura.

Distancia de las ondas al teclado,
escala en libertad, maravilla,
horizonte marino y estrellado.

Rueda y azul. Trapecio enamorado
de los bajeles en la dulce orilla.
Trébol pequeño. Milagroso prado.
SUEÑO
He soñado tus ojos
entre los negros claveles de silencio
y tus ojos eternos
nunca fueron más vivos que en mis sueños.

En tus ojos he visto laureles
brillantes lágrimas verdes
en tus ojos míos
rodeados de muerte.

Ojos lejanos ojos
con reminiscencias de mares
viejos
con un verde contrito como el tiempo
reverdeciendo y oscureciendo.

Después pasaba mi alma por tus ojos,
por tus ojos sombreados en el cielo,
cuando breve canela de vigilia
los fue dejando glaucos y despiertos.

Y me he quedado ciega...
ciega como mi sabia transitoria
ciega como la tierra
como un árbol llamando entre los vientos.

(Otoño del 43)

(En: Corazón de Poesía N 2, junio 1969 y El Liberal, 25 de enero de 1981).